Madrugada del 23 al 24 de julio de 1987. Montaña de Montserrat, provincia de Barcelona. Un lugar con un nombre digno de la toponimia mística catalana: la Pared dels Diables, la Pared de los Diablos. Tres figuras se recortan contra un cielo despejado. Abajo, Barcelona tiembla en luces amarillas como una constelación caída. Arriba, las estrellas empiezan a clarear sobre una noche silenciosa, casi religiosa.

Dos de aquellas figuras son adolescentes. Uno tiene dieciséis años, ha venido siguiendo el rastro del misterio y se llama Javier Sierra; tres décadas después ganará el Premio Planeta. El otro tiene veinte, viene de Galicia, se llama Manuel Carballal y se convertirá en uno de los investigadores del misterio más prolíficos en lengua española. Los dos están allí para entrevistar al tercero: el hombre que los ha llevado en su coche, que conoce cada piedra del camino y que les ha estado dando sustos durante toda la subida gritándoles que miraran al cielo. Ese hombre tiene cuarenta y tres años, es un empresario catalán de voz pausada y se llama Luis José Grífol.

Y entonces, justo cuando Carballal acaba de soltar una frase que el tiempo convertirá en cita, eso de que los ovnis sirven para abrir la mente, sobre las cabezas de los tres aparece una luz. No un trazo lejano. No una estrella fugaz. Una luz enorme, colosal, blanca, con un núcleo verde brillante y una estela de chispas naranjas. Se precipita desde el cénit, dura tres segundos y desaparece.

Aquella noche no salió de Montserrat ninguna prueba científica del fenómeno ovni. Salió otra cosa: dos vocaciones y un mito que, casi cuarenta años después, sigue vibrando. Hoy en Clave 45 desmontamos la pieza entera. Sin reverencia, pero sin saña gratuita. Y, sobre todo, volviendo a las fuentes para separar lo que se puede comprobar de lo que no.

Las paredes de roca de Montserrat con el valle al fondo
Las paredes de roca de Montserrat con la llanura al fondo: "abajo, Barcelona; arriba, las estrellas". Así es el escenario de la Pared dels Diables. Crédito: Wikimedia Commons.
FICHA DEL CASO
  • Fecha: noche del 23 al 24 de julio de 1987.
  • Lugar: Pared dels Diables, macizo de Montserrat (Barcelona).
  • Testigos: Javier Sierra (16), Manuel Carballal (20) y Luis José Grífol (43).
  • Fenómeno: luz colosal, núcleo verde y estela naranja, ~3 segundos, en el cénit.
  • Pruebas: tres cámaras con los tres carretes velados; una grabadora que Grífol dice detectar por telepatía.
  • Explicación más probable: un bólido (meteoro muy brillante) de las lluvias activas esa noche.

Los tres protagonistas

Luis José Grífol, el hombre que dibujaba ovnis en el cielo

Luis José Grífol Gutiérrez (Cataluña, 1944 – Montgat, 31 de diciembre de 2025) fue uno de los presuntos contactados más singulares de la ufología hispana. Empresario discreto, en el verano de 1977 dijo haber visto un disco volador sobre su terraza, y a partir de 1980 instituyó las concentraciones mensuales de los días 11, a las 23:11, en una explanada de Montserrat. Allí, mes tras mes durante cuarenta años, "dibujaba ovnis en el cielo": pedía a un asistente que señalara una zona del firmamento y, según los testigos, allí aparecían sus naves trazadoras. Nunca montó secta de pago ni se hizo rico con el cuento; hablaba de ángeles del pasado, no de pleyadianos. Su frase resumía su teología: "ellos ni vienen ni van, están".

Luis José Grífol
Luis José Grífol (1944–2025), "el hombre que dibujaba ovnis en el cielo".
Grífol señalando al cielo en una concentración
Grífol señalando al cielo en una de sus concentraciones de los días 11, rodeado de asistentes y cámaras de televisión. Así "dibujaba ovnis". Imagen de archivo.

Javier Sierra, el adolescente que acabó ganando el Planeta

Javier Sierra (Teruel, 11 de agosto de 1971) tenía dieciséis años aquella noche. Era un joven aficionado al misterio, en contacto epistolar con los grandes nombres de la ufología española. Aquel avistamiento, según ha contado muchas veces, le reorganizó la vida entera alrededor del fenómeno ovni. Estudiaría Periodismo en la Complutense, dirigiría revistas de misterio, presentaría televisión y, en 2017, ganaría el Premio Planeta con El fuego invisible. Es el único escritor español que ha alcanzado el top 10 de los más vendidos en Estados Unidos.

Javier Sierra
Javier Sierra, en 2009. Tenía 16 años la noche de Montserrat. Crédito: Wikimedia Commons.

Manuel Carballal, el investigador crítico

Manuel Carballal (A Coruña, 1967) tenía veinte años. Con el tiempo se haría periodista de investigación, criminólogo y, desde 1992, director de la revista El Ojo Crítico, dedicada a analizar con rigor los fenómenos anómalos; hoy es uno de los contertulios veteranos de La Rosa de los Vientos. Pero, como veremos, aquella noche de 1987 los ovnis aún no le interesaban: fue justamente este caso el que lo enganchó al misterio. Su testimonio, junto al de Sierra, es la columna vertebral del caso.

Manuel Carballal
Manuel Carballal, investigador y director de El Ojo Crítico. Tenía 20 años en Montserrat. Crédito: Wikimedia Commons.
Javier Sierra y Manuel Carballal de jóvenes en los años 80
Javier Sierra y Manuel Carballal, adolescentes, en los años 80 — la época del avistamiento. Dos chavales fascinados por el misterio que aquella noche subieron a Montserrat. Imagen de archivo.

Montserrat: cinco siglos de montaña mágica

Para entender por qué el escenario fue Montserrat —y no un descampado cualquiera— hay que saber que esta montaña dentada llevaba siglos siendo un imán de lo sobrenatural mucho antes de que Grífol mirara al cielo.

La leyenda fundacional ya empieza con luces. Según la tradición, hacia el año 880 unos pastores vieron una luz y oyeron música celestial sobre la montaña; al seguirlas, hallaron en una cueva una imagen de la Virgen que, al intentar moverla, se volvió inamovible. Era La Moreneta, la Virgen negra que acabaría siendo patrona de Cataluña. Siglos después, el poema medieval Parzival situó en un Montsalvat —que muchos identificaron con Montserrat— el castillo que custodia el Santo Grial; Richard Wagner lo recogió en su ópera Parsifal y dejó dicho aquello de "en ningún sitio encuentra el hombre la paz salvo en su propio Montserrat". El mito del Grial pesó tanto que, el 23 de octubre de 1940, el jefe de las SS Heinrich Himmler subió en persona al monasterio buscándolo, dentro del programa esotérico nazi Ahnenerbe. Se fue con las manos vacías.

Sobre ese sustrato —Virgen, Grial, brujas y demonios en las cuevas, desapariciones inexplicables— el siglo XX añadió el techo extraterrestre. Desde 1980, cada día 11 de cada mes, grupos de curiosos suben con Grífol a la "explanada de los ovnis" a esperar las luces. Los habituales hablan de esferas luminosas y de luces que zigzaguean de forma errática —las naves trazadoras— y enlazan la montaña con el caso Manises (11 de noviembre de 1979), el avistamiento más famoso de la ufología española. No faltan las teorías de "montaña magnética" o "portal energético": se dice que es una de las montañas más magnéticas de Europa y que en ella convergen fuerzas telúricas. El imán cultural sigue vivo: hasta Los Javis se inspiraron en esa aura mística de Montserrat para su serie La Mesías.

Nada de esto demuestra que por Montserrat pasen más ovnis que por cualquier otra sierra. Demuestra algo más interesante: que Montserrat es, desde hace mil años, un lugar al que la gente sube predispuesta a ver lo extraordinario. Y eso, como vamos a comprobar, lo cambia todo.


La noche de la luz colosal

El monasterio de Santa María de Montserrat entre las rocas
El monasterio de Montserrat, enclavado entre las agujas de roca. La montaña ya acumulaba cinco siglos de tradición sagrada cuando Grífol le añadió el techo cósmico. Crédito: Wikimedia Commons.

El viaje: dos chavales y un contactado

El 24 de julio de 1987 es la fecha más documentada de toda la biografía Grífol, y la mejor registrada: existe una cinta del propio Sierra que circula desde hace años por iVoox y YouTube, con la voz emocionada de los protagonistas. Aquella tarde, Javier Sierra había viajado desde Castellón hasta Barcelona; Manuel Carballal, desde Galicia. Eran dos adolescentes ya metidos en el mundo del misterio —conectados al circuito de la revista Karma 7 y en contacto epistolar con Antonio Ribera, el patriarca de la ufología ibérica—, aunque, como se verá, llegaban a la cita con actitudes muy distintas. Y, pese a su juventud, no eran unos novatos: habían leído, investigado y entrevistado ya a bastante gente del mundillo. Pero sentarse frente a un contactado tan singular como Grífol, y de la mano del propio Ribera, era una cita mayor. Ribera la organizó y Grífol se ofreció a llevarlos en su coche.

La subida: "¡mirad, por allí!"

El ascenso a Montserrat se hace por una carretera estrecha y revirada que va dejando Barcelona abajo, cada vez más pequeña. Y Grífol, durante todo el trayecto, fue cebando la expectativa. Cada poco aminoraba la marcha, señalaba un punto del cielo por la ventanilla y gritaba "¡mirad, por allí!". El coche se quedaba en silencio, los dos chavales pegaban la cara al cristal, y Sierra llegó a ver varios trazos rápidos cruzando la noche. Hoy sabemos lo que eran: meteoros aislados —esa noche, como veremos, el cielo estaba especialmente cargado de ellos—. Pero allí, en aquel contexto, subiendo a oscuras con un hombre que aseguraba hablar con los ovnis, cada destello no era un meteoro: era una promesa que se iba cumpliendo —al menos para uno de ellos.

Y aquí conviene matizar algo que el propio Carballal ha contado en Clave 45: hasta esa noche, los ovnis no le interesaban demasiado. No subía como un creyente entregado —el receptivo, el que se dejaba llevar por la expectativa, era Sierra—, pero tampoco como un cazafraudes militante: sencillamente el tema no le decía gran cosa y no le hacía mucho caso a Grífol. Lo que ocurrió después le impactó tanto que le despertó el interés: a partir de aquella luz, el misterio se convertiría en su oficio. Eso sí, conviene distinguir —y es importante— entre creer que ahí hay un fenómeno real, cosa que Carballal sí admite, y aceptar que sean naves de otro mundo: en eso segundo tardaría bastante más, y siempre con cautela.

La Pared dels Diables

El destino era la Pared dels Diables —la Pared de los Diablos—, un paraje del macizo cuyo solo nombre ya predispone. Aparcaron. No había un alma alrededor. El cielo se había despejado del todo. Abajo, el resplandor de Barcelona temblaba como una galaxia caída; arriba, las estrellas se encendían una a una sobre un silencio que Sierra, en la grabación, describiría como majestuoso. Y en ese punto exacto de máxima receptividad emocional, Carballal soltó, casi en voz baja, la frase que se haría célebre: "tú crees que esto de los ovnis es abrir la mente, ¿no?".

La luz

Justo entonces, sobre el cénit, apareció. Sierra la describiría palabra por palabra en una reconstrucción posterior recogida en El Ojo Crítico: no un trazo, sino una luz enorme, colosal, blanca, con un núcleo verde brillante y una estela de chispas naranjas detrás. Surgió arriba del todo, se precipitó hacia el horizonte y se apagó. Tres segundos. Tres segundos que les iban a durar toda la vida.

Bólido brillante y alargado sobre un observatorio
Un bólido brillante sobre un observatorio en Hawái. Vista sin contexto, una bola de luz alargada suspendida en el cielo se interpreta con facilidad como una "nave". Crédito: NOIRLab/NSF/AURA (Wikimedia Commons).

Dos testigos, dos descripciones

Aquí conviene ser honestos, porque las dos versiones más citadas no son idénticas. La de Sierra, contada décadas después, encaja como un guante con un bólido. Pero la de Carballal es anterior y algo distinta: en una carta publicada en La Vanguardia en 1988 —el testimonio más cercano en el tiempo a los hechos— hablaba de

"un poderosísimo foco de luz de diversos colores, de un tamaño superior al de la Luna llena, realmente cercano a nosotros", que luego los sobrevoló y desapareció en silencio.

Un foco multicolor "cercano" que "sobrevuela" suena más a objeto que a meteoro. Esa diferencia entre la versión temprana (más "objeto") y la versión madura (más "bólido") es justo el tipo de matiz que un análisis honesto no puede esconder: los relatos de los sucesos emocionalmente intensos se reescriben con el tiempo y tienden a alinearse con el patrón cultural dominante.

Lo que pensó Grífol

Para Grífol no había ningún misterio que resolver: aquello era exactamente lo que subía a buscar cada mes. Una de sus naves trazadoras. La confirmación, ante dos testigos de excepción, de que las inteligencias respondían cuando alguien sabía mirar. Fiel a su teología —"ellos ni vienen ni van, están"—, no lo vivió como una visita, sino como una presencia que por fin se dejaba ver. Intentó tranquilizar a los chavales explicándoles que no había nada que temer, que aquello era el contacto. Pero hubo un detalle que heló a Sierra todavía más que la luz: en algún momento, Grífol lo miró y le dijo que ellos le habían hecho saber que estaba grabando a escondidas. Sierra llevaba, en efecto, una grabadora oculta. ¿Cómo podía saberlo Grífol? (La respuesta, mucho más terrenal, la veremos luego.)

La huida

Lo que siguió no fue contemplación: fue miedo. Sierra confesó después que lo que sintió fue instinto de supervivencia puro —"qué hacemos aquí, qué va a pasar en el siguiente segundo"—. Carballal, igual. Grífol, más sereno, quería quedarse —para él la noche apenas empezaba a prometer—, pero los dos jóvenes solo querían bajar. Recogieron los bártulos y descendieron la montaña a toda prisa, de vuelta a Barcelona. Se llevaban tres cámaras, una grabadora… y, sin saberlo aún, el episodio que les partiría la vida en dos.


Qué vieron realmente

La respuesta más probable, sin medias tintas: vieron un bólido. Bólido es el nombre que la Unión Astronómica Internacional da a un meteoro especialmente brillante —magnitud aparente de −4 o superior, es decir, más luminoso que Venus—. En inglés, fireball, bola de fuego. Y los bólidos tienen una serie de rasgos que cualquier astrónomo reconoce de inmediato. Repasemos la descripción de Sierra punto por punto:

LA HUELLA DEL BÓLIDO, RASGO A RASGO
  • Núcleo verde brillante: el verde lo produce la ionización del oxígeno atmosférico a velocidad hipersónica y la combustión del níquel del meteoroide. Verde y bólido son casi sinónimos para un astrónomo.
  • Estela de chispas naranjas: es fragmentación. El naranja corresponde a la quema de sodio y hierro. Las chispas son fragmentos reales calentados al rojo blanco.
  • Tres segundos de duración: un meteoro común dura entre una décima y un segundo; un bólido bien dimensionado, entre dos y cinco.
  • Aparición cenital y caída: geometría pura de un meteoro entrante casi vertical, visto desde abajo.

Pero la pieza que cierra la caja es la efeméride. La noche del 23 al 24 de julio de 1987 había tres lluvias de meteoros activas a la vez sobre la península Ibérica: las Delta Acuáridas del Sur (activas desde el 12 de julio), las Perseidas tempranas (actividad débil pero real desde mediados de julio) y, sobre todo, las Alfa Capricórnidas, una lluvia famosa en la comunidad astronómica precisamente por producir bólidos lentos, brillantes y de colores espectaculares. Entran a unos 22 km/s y su actividad se extiende del 7 de julio al 15 de agosto. El 23 de julio ya estaban en plena forma.

Bólido verde sobre el observatorio ALMA
Un bólido verde sobre el observatorio ALMA (Chile): el color y la estela coinciden con lo que describió Sierra. El verde lo delata como bólido —ionización del oxígeno y combustión del níquel—. Crédito: ESO / C. Malin (Wikimedia Commons).

Tres radiantes activos, cielo despejado de montaña, tres observadores escudriñando el firmamento durante horas y dos de ellos con la mente preparada por la sugestión previa de Grífol. ¿La probabilidad de presenciar al menos un bólido? Altísima. Lo raro habría sido no ver ninguno. Cualquier astrónomo aficionado que hubiera subido aquella noche habría identificado el fenómeno sin pestañear. Pero ni Sierra ni Carballal eran astrónomos: les faltaba el catálogo mental para reconocer un bólido. Lo que tenían a mano era el marco del misterio, no el del cielo.

Y no es solo nuestra lectura. La hipótesis del bólido la defendió Álvaro Alonso en la propia revista de Carballal, El Ojo Crítico (nº 88, marzo de 2019, en el artículo "Contacto OVNI en Montserrat, 1987"): habló de "un bólido brillante o fireball" de causas naturales conocidas y apuntó que la excitación acumulada tras ver varios meteoros durante la subida pudo condicionar la interpretación de la luz final. Que la explicación escéptica más sólida se publicara en el medio de uno de los protagonistas dice mucho a su favor.


¿Qué es un bólido? (y por qué te marca de por vida)

Para entender el caso hay que entender al verdadero protagonista de la noche. Vamos de lo pequeño a lo grande:

DEL GRANO DE POLVO AL METEORITO
  • Meteoroide: la roca o el grano de polvo que viaja por el espacio. Casi todos son más pequeños que un guijarro.
  • Meteoro (estrella fugaz): el destello que deja al entrar en la atmósfera y quemarse por el rozamiento del aire. Dura una fracción de segundo.
  • Bólido (fireball): un meteoro excepcionalmente brillante, de magnitud −4 o más; es decir, más luminoso que el planeta Venus. Los más espectaculares llegan a superar a la Luna llena.
  • Meteorito: el trozo que sobrevive y llega al suelo. La inmensa mayoría de los bólidos se desintegran enteros en el aire y no dejan nada.

Y aquí está la clave para Montserrat: un bólido arde a entre 80 y 120 kilómetros de altura. Siempre. Por muy "encima de la cabeza" y "cerquísima" que parezca, está a decenas de kilómetros. ¿Por qué entonces Carballal lo describió como "realmente cercano a nosotros"? Porque en el cielo nocturno no hay referencias de distancia: el cerebro no tiene con qué medir, y un fenómeno muy brillante y silencioso lo interpreta como próximo y enorme. Es la misma ilusión por la que la Luna parece gigante al asomar por el horizonte. La sensación de cercanía es real; la cercanía, no.

Bólido verde cruzando la Vía Láctea sobre un paisaje rocoso
Un bólido verde cruzando la Vía Láctea sobre un paisaje rocoso. Así de brillante —y así de "cercano"— puede verse uno desde una montaña a oscuras. Crédito: Wikimedia Commons.

¿Y es normal que "se ilumine todo"? Completamente. Un bólido grande puede, durante uno o dos segundos, proyectar sombras, iluminar el paisaje y teñir de verde o naranja las rocas y las nubes. Quien lo ve de noche, en silencio y sin previo aviso, siente literalmente que el cielo se le viene encima. No se oye nada —el sonido, si lo hay, llega minutos después, porque la fuente está lejísimos—, y ese silencio lo hace aún más sobrecogedor. Suma la oscuridad total, la soledad de la Pared dels Diables, tres horas mirando hacia arriba con un contactado y la frase "abrir la mente" recién pronunciada… y tienes la tormenta perfecta para que un fenómeno natural se grabe a fuego en la memoria de dos adolescentes. El bólido era real y espectacular. El significado se lo pusieron ellos.

¿Es raro ver uno? Para una persona concreta, bastante: puedes pasar años sin ver un bólido realmente brillante. Pero la estadística cambia por completo cuando te plantas una noche entera, en un cielo de montaña sin contaminación lumínica, mirando hacia arriba en grupo y con tres lluvias de meteoros activas a la vez. En esas condiciones, ver al menos un bólido deja de ser cuestión de suerte y pasa a ser casi una certeza. Aquella noche del 23 al 24 de julio de 1987 el cielo estaba despejado —condición imprescindible— y las estrellas fugaces eran frecuentes: los propios testigos vieron varios trazos durante la subida. No hubo, pues, ningún fenómeno meteorológico raro: hubo, simplemente, una noche de verano excepcionalmente rica en meteoros.


¿Y si no fue un bólido? Otras explicaciones

El bólido es la explicación más económica y la que mejor encaja con la descripción de Sierra, pero seamos honestos y pongamos las demás sobre la mesa. Ninguna necesita extraterrestres:

  • Una reentrada de basura espacial o de un satélite: produce trenes de luz lentos, fragmentados y de colores, fáciles de confundir. En 1987 había mucha menos chatarra en órbita que hoy, pero es posible.
  • Un meteoro esporádico excepcionalmente brillante, no asociado a las lluvias activas: misma familia que el bólido, distinto origen.
  • Una bengala o una luz de aeronave mal calculada en distancia: poco probable —el color verde, las chispas y la caída cenital encajan mal—, pero hay que nombrarla.
  • La sugestión amplificando un meteoro más modesto: el contexto (noche, montaña, expectativa y un guía que llevaba horas señalando el cielo) pudo agrandar en el recuerdo un fenómeno menor. La propia diferencia entre el relato de Sierra (un bólido) y el de Carballal en 1988 (un objeto que "sobrevuela") apunta a que la memoria reconstruyó la escena.

Hay un detalle que un bólido explica mal: el "sobrevoló y se fue en silencio" de Carballal. Pero tres segundos son demasiado poco para percibir un vuelo estacionario fiable, y el efecto autocinético —una luz sobre fondo negro parece moverse— sumado a la reescritura del recuerdo bastan para fabricar esa sensación.

¿Lo vio alguien más?

Esta es la pregunta del millón, y la respuesta honesta es: no nos consta ningún otro testigo. El único testimonio del fenómeno es el de los tres protagonistas. ¿Eso debilita la versión del bólido? No necesariamente. En 1987 no existían las redes de cámaras de meteoros que hoy vigilan el cielo español (las del CSIC llegaron mucho después), ni internet, ni móviles con cámara. Un destello de tres segundos visto de madrugada desde una cima a oscuras podía pasar perfectamente inadvertido para el resto del país, o ser visto por alguien y no quedar registrado en ninguna parte.

El contraste con hoy es revelador: en marzo de 2024, un bólido sobre Cataluña y Baleares lo vieron miles de personas, se grabó desde decenas de cámaras y hasta se temió que fuera un misil; el CSIC confirmó en pocas horas que era un trozo de asteroide. Esa es la diferencia entre 1987 y el presente. Sin instrumentos ni testigos independientes, identificar con certeza aquella luz es, sencillamente, imposible. El bólido es lo más probable; no lo único seguro. Y esa incertidumbre irreductible es, precisamente, lo que mantiene vivo el caso casi cuarenta años después.


El fleco de los carretes velados

Aquí está el detalle que ha blindado la leyenda durante décadas, y aquí es donde hay que ser más honesto. Tenían tres cámaras. Llevaban carretes preparados para la noche. Y, según ambos testigos, los tres carretes se velaron. Conviene separar dos cosas que el relato canónico tiende a mezclar.

Una cosa es que las fotos no salieran. Un bólido de tres segundos fotografiado a pulso, sin trípode, con película de 1987, no produce imagen reconocible: la obturación corta no acumula luz, la larga sale movida, y el bólido deposita sobre la emulsión muchísima menos energía que una farola lejana. El resultado normal es un fotograma oscuro o vacío. Eso es fracaso fotográfico esperable, no velado.

Otra cosa muy distinta es que un carrete entero "se vele". Y aquí hay que decirlo claro: un bólido no puede velar carretes. Está demasiado lejos, dura demasiado poco y no emite radiación ionizante suficiente. Aunque la cámara estuviera disparando en el instante del paso, lo único que se quemaría sería el fotograma en curso, no el carrete entero ni los demás guardados en otra mochila. Físicamente, no puede ocurrir. Entonces, ¿por qué se velaron los tres? No lo sabemos con certeza absoluta, pero hay explicaciones plausibles que no requieren extraterrestres:

  • El calor. Julio en Cataluña. Una mochila o un maletero al sol pasa de los 50 °C; la película de alta sensibilidad para nocturna empieza a sufrir velo químico a partir de los 30 °C. Tres carretes que viajan horas en el mismo coche caliente comparten una causa ambiental común, aunque las cámaras y los dueños fueran distintos.
  • El reencuadre del recuerdo. El relato actual llega décadas después. Entre "no salió nada" y "se velaron del todo" hay un abismo, y sin los negativos originales —que no consta que se hayan publicado ni archivado— la afirmación depende del testimonio retrospectivo.
  • Fallos independientes coincidentes. Película mal guardada en origen, errores de carga a oscuras y con los nervios, baños químicos deficientes en cada laboratorio. La probabilidad es baja, pero no nula en la tecnología analógica casera de 1987.

Seamos justos: el detalle de los carretes velados es uno de los puntos que la lectura escéptica no cierra con certeza absoluta. Y eso, lejos de debilitar el análisis, lo refuerza, porque se presenta sin pretensión de cierre total. Cualquier caso real conserva flecos. Lo que distingue al escéptico del creyente no es que el primero lo explique todo: es dónde deja cada uno los flecos sueltos. El escéptico, en el lado mundano (calor, distorsión del recuerdo). El creyente los lanza, sin prueba, al lado extraordinario.

La grabadora "detectada por telepatía"

Sierra llevaba además una grabadora escondida. En un momento dado, Grífol lo miró y le dijo que ellos, los seres, le habían hecho saber que estaba grabando. A Sierra le dejó frío. Pero esto sí tiene nombre técnico: cold reading. Una grabadora de bolsillo de la época tenía piloto rojo encendido, ruido del motor de arrastre audible en silencio absoluto, cable y bulto reconocibles. Cuatro pistas. Y soltarle a un periodista joven que lleva grabadora es una apuesta casi segura: si aciertas, eres telépata; si fallas, ni te enteras. Grífol acertó. Como aciertan todos los videntes del cable.


¿Le había pasado a alguien más? Casos similares

El patrón —una luz verde espectacular tomada por nave— no es nuevo ni catalán. El caso más célebre son los "green fireballs" (bólidos verdes) que aterrorizaron al suroeste de Estados Unidos entre 1948 y 1951, sobre todo en Nuevo México, cerca de instalaciones nucleares. El astrónomo Lincoln LaPaz, del Instituto de Meteorítica de la Universidad de Nuevo México, llegó a sostener que eran "atípicos de los meteoros" y barajó armas secretas o espionaje soviético. El ejército montó el Project Twinkle, una red de observación y fotografía de los bólidos verdes. ¿Conclusión final, dos años después? Que el fenómeno era, muy probablemente, natural: bólidos ricos en magnesio y níquel, que arden en verde. Toda una alarma nacional resuelta en lo más prosaico.

El verde, de hecho, es uno de los colores estrella de los bólidos modernos. Las redes de detección de meteoros que vigilan el cielo de España —como las del Proyecto SMART— registran cada año decenas de bólidos verdes que generan llamadas a la policía y avistamientos "ovni" en redes sociales. Y los carretes (o las cámaras, o los móviles) que "fallan" justo en el momento clave son un clásico tan repetido en la casuística ufológica que tiene hasta apodo: el fenómeno desaparece siempre cuando hay que probarlo. No porque sea esquivo, sino porque casi nunca hubo nada sólido que fotografiar.

Cuando un meteoro parece una flota: la procesión de 1913

El caso que mejor demuestra hasta qué punto un meteoro puede parecer una nave es la Gran Procesión de Meteoros del 9 de febrero de 1913. Aquella noche, sobre Canadá y el Atlántico, una fila de bólidos cruzó el cielo lentamente y en formación, en horizontal, durante varios minutos. Cientos de testigos describieron "una escuadrilla de dirigibles iluminados" o "una flota de naves". No había ninguna nave: era un enjambre de fragmentos rozando la atmósfera casi en paralelo a la superficie. La descripción —objetos luminosos en formación, desplazándose despacio— es idéntica a la de incontables informes ovni posteriores.

Pintura de Gustav Hahn de la Gran Procesión de Meteoros de 1913
La Gran Procesión de Meteoros de 1913, pintada por el testigo Gustav Hahn: una fila de bólidos que muchos tomaron por una flota de naves. Crédito: Wikimedia Commons.

Chelyabinsk y Kecksburg: bólidos tomados por ovnis (o por misiles)

El 15 de febrero de 2013, un asteroide de unos veinte metros entró sobre Chelyabinsk (Rusia). Durante un instante brilló más que el Sol; su onda de choque reventó miles de ventanas e hirió a cerca de 1.500 personas. En los primeros minutos hubo quien habló de un misil o de un ovni. Era un superbólido, grabado por cientos de cámaras de coche. Y en 1965, un gran bólido visto en varios estados de EE. UU. y Canadá terminó en Kecksburg (Pensilvania), donde algunos aseguraron que un objeto se había estrellado en el bosque: es uno de los "ovnis estrellados" más famosos de la historia, y la explicación dominante sigue siendo un bólido (o la reentrada de un satélite).

Estela del superbólido de Chelyabinsk en 2013
La estela del superbólido de Chelyabinsk (2013), que rompió ventanas y causó pánico antes de saberse qué era. Crédito: Alex Alishevskikh (Wikimedia Commons).

Cómo aquella noche cambió a los tres

Lo más fascinante del caso no es la luz: es lo que la luz hizo con quienes la vieron. La misma noche, el mismo bólido, y tres vidas que se bifurcan en tres direcciones distintas.

Javier Sierra bajó de la montaña con una vocación. Aquel avistamiento le reorganizó la existencia alrededor del misterio: estudió Periodismo, dirigió revistas del género, llegó a la televisión y acabó convertido en novelista de éxito mundial y Premio Planeta 2017. Cuatro décadas después seguía citando aquella noche como el suceso que le cambió la vida —tituló incluso un episodio de su serie Otros Mundos con la frase de Carballal, "La clave es abrir la mente"— y, cuando Grífol murió, le dedicó una despedida emocionada.

Manuel Carballal tomó un camino distinto. A él los ovnis no le interesaban hasta esa noche; el impacto se lo despertó y acabó haciendo carrera de ello, pero desde la cautela: dirige El Ojo Crítico, dedicada a analizar los fenómenos anómalos con rigor. Cree que detrás de muchos casos hay un fenómeno real —no lo despacha como pura superchería—, aunque es muy prudente con la hipótesis de que sean extraterrestres, algo que tardó en madurar. Es él quien, al recordar el fallo simultáneo de las tres cámaras, lo llama "coincidencias oportunas". La misma luz empujó a Sierra hacia el asombro y a Carballal hacia la investigación crítica.

Luis José Grífol ganó algo distinto: una credencial. Tener como testigos a dos jóvenes que llegarían lejos —uno, futuro Premio Planeta— blindó su leyenda para siempre. El caso de 1987 se convirtió en la prueba estrella que exhibía cuando alguien dudaba, y él siguió subiendo a Montserrat los días 11 durante cuatro décadas, hasta que la pandemia y la edad lo retiraron. Murió convencido de lo que había visto.


Lo que vino después

La montaña de Montserrat desde el aire
Montserrat desde el aire. Cinco siglos de manto sagrado —la Moreneta, el Grial de Wagner, Himmler— a los que Grífol solo tuvo que añadirle el techo cósmico. Crédito: Wikimedia Commons.

La alerta ovni de Vinaròs (septiembre de 1987)

Dos meses después, Sierra invitó a Grífol a una alerta ovni en directo desde la ermita de Sant Sebastià, en Vinaròs (Castellón), retransmitida por Radio Nueva en el programa El jinete de la medianoche. Grífol dio en directo coordenadas celestes y anunció el momento aproximado de la manifestación. Y, según testigos y oyentes, aparecieron varias luces por la zona indicada. Es el episodio más comprobable de toda su biografía, porque hay grabaciones y una variable verificable: la efeméride del 14 de septiembre de 1987 (paso del Mir, satélites brillantes, actividad residual de las Perseidas). Anticipar coordenadas en una noche despejada es asequible para quien lleva diez años mirando el cielo cada día 11.

"Otros Mundos": la recreación de Movistar

El caso volvió a la primera línea en 2017, cuando Javier Sierra presentó en Movistar+ la serie documental Otros Mundos. El episodio que cierra la primera temporada se titula, no por casualidad, "La clave es abrir la mente" —la frase de Carballal en la Pared dels Diables—. En él, Sierra revive con una recreación el suceso que, en sus palabras, le cambió la vida: "a los 16 años, y en la cima de la montaña de Montserrat, una enorme luz le sobrevoló durante varios segundos". La elección del título lo dice todo: cuatro décadas después, aquella noche sigue siendo su mito fundacional.

La muerte del oficiante

La pandemia cerró las concentraciones de Montserrat en marzo de 2020 y Grífol, ya mayor, se retiró. En enero de 2024 se le dedicó en Barcelona la exposición The Calling, de Pascale Descazeaux. Y el 31 de diciembre de 2025 falleció en Montgat, a los 81 años. Javier Sierra lo anunció esa misma mañana, deseándole que "vuelen alto sus naves trazadoras". Con él se va una época de la ufología hispana: la del contactismo popular ligado a un lugar, un calendario y una figura tutelar.


Conclusión: la luz era real, pero estaba a 80 kilómetros de altura

No hubo nave. No hubo ángeles del pasado. Hubo, con toda probabilidad, un meteoro magnífico de una lluvia famosa por producirlos, visto en estado de máxima sugestión por tres personas predispuestas. Sobre la huella visual de aquel bólido, más un par de coincidencias técnicas que no se pueden cerrar con certeza absoluta, se construyó una leyenda que cuatro décadas después seguía latiendo.

Y, sin embargo, lo interesante del caso Grífol es que la lectura escéptica no le quita valor: se lo cambia. Porque el verdadero misterio de Montserrat nunca estuvo en el cielo. Estaba abajo, en la explanada, en la comunidad, en la gente que necesitaba subir a una montaña a esperar algo más grande que ella. La luz era real, pero estaba a ochenta kilómetros de altura. La interpretación fue humana, y cambió biografías para siempre. Eso es lo que la ufología siempre ha tenido y siempre tendrá: la potencia de cambiar vidas con muy poca evidencia material. Que es, con todo respeto, lo mismo que tienen las grandes religiones.

FUENTES Y ENLACES

Investigación y redacción: David Santiso · Clave 45. Con respeto, con humor y con cabeza.